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Oratoria4 de septiembre de 2026

Escribí un discurso para concurso. Lo difícil no fue escribirlo.

Por Javier A. Nieto

Pensé que lo difícil sería escribirlo. Fue quitarle: tenía siete puntos buenos y en un escenario no cabe ninguno. Tres recortes que cambian un discurso.

Escribí un discurso para concurso esta semana. Tenía el material listo: una historia real, mía, con todo lo que necesita un buen discurso.

Pensé que lo difícil iba a ser escribirlo. No lo fue.

Lo difícil fue quitarle.

Tenía siete puntos buenos y no cabía ninguno

La historia terminaba en una lista de siete cosas que habían salido mal. Siete observaciones ciertas, cada una interesante por su cuenta.

Mi primer instinto fue contarlas todas. Es lo que uno hace cuando el material es bueno: enseñarlo completo.

Y ahí está la trampa, porque una lista no se sostiene hablada.

Un lector puede regresarse. Puede saltarse el punto cuatro, releer el dos, dejar el artículo y volver mañana. El que te escucha no puede hacer nada de eso. Va a tu velocidad o se pierde.

Con siete puntos en seis minutos, alrededor del cuarto pasa algo que todos hemos vivido desde la silla: la persona deja de escuchar la historia y empieza a esperar que acabes. Cuenta cuántos faltan. Ya no está contigo.

Lo que hice en vez de eso

Conté la historia completa y solté el número una sola vez, al final, como remate: "hice una lista de todo lo que salió mal. Salieron siete."

La diferencia es enorme y no cuesta nada.

Recitadas al principio, las siete cosas son datos que el público tiene que memorizar. Al final, después de haberlas vivido contigo dentro de la historia, el público las recuerda porque acaba de pasar por ellas.

No se enseñan siete puntos. Se cuenta una historia y al final se le pone nombre a lo que ya sintieron.

El segundo recorte: sacar mi especialidad

Mi tema venía de mi trabajo, y el borrador se me estaba yendo hacia allá.

Si el mensaje hubiera sido "así se arreglan estos problemas en un negocio", la mitad de la sala queda fuera en el primer minuto. El jurado no está evaluando tu profesión.

Así que el mensaje bajó a algo que cualquiera ha vivido: alguien quería darles su dinero y nadie le preguntó nada.

Es la misma historia. Con la misma evidencia. Solo que ahora le habla a todos los que están en la sala y no nada más a los que se dedican a lo mío.

⚠️ Este recorte es el que más cuesta, porque lo que sacas es justo la parte donde tú te sientes más seguro.

Y el tercero, que es donde se gana

El borrador terminaba en la tienda: yo con mi dinero en la mano y nadie atendiéndome.

Así, eso es una queja de cliente. Está bien contada, da risa en algunas partes, y no lleva a ningún lado.

Le agregué un final distinto: yo de regreso en el coche, preguntándome a cuánta gente le hago yo lo mismo.

Ese giro cambia el discurso entero. Sin él, el público sale pensando "qué mal servicio". Con él, sale pensando en su propio trabajo.

Un discurso que solo habla de otros no incomoda a nadie, y lo que no incomoda no se recuerda.

Un detalle que casi nadie hace y evita un mal rato

Antes de darlo por bueno, conté las palabras del texto.

No calculé el tiempo a ojo ni lo estimé "como de seis minutos". Conté las palabras habladas y les sumé las pausas — porque las pausas son parte del discurso, y en un concurso el reloj no perdona.

Si te pasas del tiempo, no importa qué tan bueno haya sido: te descalifican. Y casi nadie pierde por hablar poco.

Lo que me llevo

El discurso quedó bastante más corto que el borrador. Salieron seis de las siete cosas de la lista, salió mi profesión y salió media historia que me gustaba mucho.

Escribir un discurso es sobre todo decidir qué no cabe.

Y esa decisión no se toma con el criterio de qué es más interesante, sino con otro: qué puede cargar una persona que te está escuchando y no puede regresarse.

Si estás preparando el tuyo, prueba esto antes de ensayarlo: cuenta cuántas ideas le estás pidiendo al público que se lleve. Si son más de una, todavía te falta recortar.

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