A los cinco años me robé unos aceites de una tienda y pensé que había sido muy listo. Mi papá me hizo regresar a devolverlos. Esa incomodidad era la lección.

Cuando tenía unos cinco años, durante varios minutos pensé que era un genio.
Había descubierto una manera de obtener cosas gratis sin que nadie se diera cuenta.
En ese momento yo no entendía que no estaba siendo inteligente.
Estaba robando.
La tienda, mi papá y SIXPACK
Cuando era niño, mi familia tenía una tienda de abarrotes. Mi papá me llevaba con frecuencia a surtir mercancía. Íbamos a supermercados, fruterías y distintos lugares donde comprábamos las cosas que después se venderían en la tienda.
Para mí, eso era parte de la rutina. Yo acompañaba a mi papá mientras él revisaba precios, escogía productos y hacía cuentas.
Uno de esos lugares se llamaba SIXPACK. Era una tienda parecida a un supermercado, aunque un poco más pequeña. Recuerdo sus pasillos y recuerdo caminar junto a mi papá mientras él hacía las compras.
En una de esas visitas vi una especie de espadita de juguete. Tenía una pequeña pieza, como un foquito, que se podía quitar. No sé exactamente por qué lo hice, pero saqué la pieza y me la guardé.
Nadie se dio cuenta.
Pasamos por la caja.
Mi papá pagó.
Salimos de la tienda.
Y yo sentí algo que en ese momento me pareció emocionante: la adrenalina de haber hecho algo sin que me descubrieran.
Para la mente de un niño, aquello parecía una prueba de inteligencia.
“Qué listo soy”, seguramente pensé.
No había pagado por aquello y nadie me había detenido.
El problema fue que cuando una mala acción no tiene consecuencias inmediatas, fácilmente podemos confundirla con un éxito.
La segunda vez fui más lejos
Así que la siguiente vez que acompañé a mi papá decidí repetir mi gran estrategia.
Pero esta vez fui un poco más lejos.
En la tienda vi unos pequeños aceites que mi papá compraba para vender. Los recuerdo perfectamente: eran envases pequeños con tapas rojas y se llamaban 3 en 1.
Ese día también recuerdo la camisa que llevaba puesta. Era blanca, de tirantes, y tenía un pulpito morado, como una caricatura. La camisa tenía suficiente espacio para esconder varios de aquellos aceites.
Tomé uno.
Después otro.
Y luego otro más.
No recuerdo exactamente cuántos fueron, pero probablemente cuatro o cinco.
Mientras caminábamos hacia la caja, yo trataba de comportarme con normalidad. Mi papá pagaba lo que compró mientras yo esperaba, con los aceites escondidos debajo de la camisa.
Sentía que en cualquier momento alguien iba a cacharme.
Imaginaba que algún empleado podía acercarse.
Pero nadie dijo nada.
Salimos de la tienda y llegamos hasta el carro.
Mi plan había funcionado nuevamente.
Entonces le conté a mi papá
Entonces hice algo que solamente puede hacer un niño de esa edad.
Le conté a mi papá.
Con emoción y orgullo, le mostré los aceites y le expliqué mi gran hazaña. Yo esperaba que tal vez se sorprendiera por lo listo que había sido.
Su reacción no fue exactamente la que esperaba.
Mi papá me dio una regañiza que todavía recuerdo. Me explicó que aquello no era una travesura.
No era ser listo.
No era conseguir algo gratis.
Era tomar algo que no me pertenecía.
Era robar.
Por qué me hizo regresar
Pero mi papá no se limitó a decirme que estaba mal.
Me hizo regresar.
Tuve que volver a la tienda, devolver lo que había tomado y enfrentar la vergüenza de reconocer lo que había hecho.
En ese momento lo sentí como uno de los momentos más incómodos de mi vida. Hoy entiendo que esa incomodidad era precisamente parte de la enseñanza.
Mi papá pudo haberme quitado los aceites y devolverlos él mismo.
Pudo haberlos pagado.
Pudo haber pensado: “Es un niño, no sabe lo que hace”.
Pero entonces yo solamente habría aprendido a esconderme mejor.
Al hacerme regresar, me enseñó que nuestras acciones tienen consecuencias y que, cuando hacemos algo incorrecto, también tenemos la responsabilidad de corregirlo.
Aquel día aprendí que una acción no se vuelve correcta simplemente porque nadie nos haya visto.
También aprendí que ser inteligente no consiste en aprovecharse de los demás.
El mentor que nunca dijo que lo era
Durante muchos años pensé en ese momento solamente como una ocasión en la que mi papá me había corregido.
Ahora comprendo que hizo algo mucho más importante: estaba ayudándome a formar mi carácter.
Mi papá probablemente nunca utilizó la palabra “mentor”. Nunca se sentó conmigo para decirme: “Hoy tendremos una sesión de orientación”.
Sin embargo, mediante sus palabras, sus acciones y su ejemplo, ha sido y sigue siendo uno de los mentores más importantes de mi vida.
Aquella no fue la única lección. Con el tiempo me enseñó:
- A respetar a las mujeres.
- Que cuando aceptamos hacer un trabajo, debemos hacerlo bien.
- Que nuestra palabra debe tener valor.
Mi papá está, como se dice, chapado a la antigua. Y aunque de niño muchas de sus reglas me parecían demasiado estrictas, hoy son precisamente algunas de las cosas que más le agradezco.
El código
Porque no solamente me dijo qué debía hacer. Me ayudó a desarrollar un código con el cual tomar decisiones.
Eso es lo que hace un buen mentor.
No vive nuestra vida por nosotros.
No toma todas nuestras decisiones.
Pero nos brinda una guía que continúa con nosotros, incluso cuando tenemos que tomar una decisión por nuestra cuenta.
Cuando tenía cinco años, pensaba que ser inteligente significaba poder hacer algo sin que me descubrieran.
Mi papá me enseñó que la verdadera inteligencia consiste en saber que algo está mal y decidir no hacerlo, incluso cuando nadie puede detenernos.
Este texto nació como un discurso que di en este club.
Este artículo se publicó originalmente en javiernieto.net. Gracias a Javier A. Nieto por compartirlo con el club.
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